lunes, 3 de marzo de 2014

LA MARIPOSA







 Las últimas nieves del invierno desaparecían con intolerable rapidez. Un enjambre de nubes en el horizonte se cernía sobre  aquella mañana de primavera, mientras una ventisca creciente amenazaba la tranquilidad del momento. Entretanto, los excursionistas aprovechaban el más mínimo rayo de sol, ávidos por reencontrarse con la Madre Naturaleza. El aroma de la barbacoa se extendía a lo largo del valle.

 -¿Cómo la quieres? Dijo la mujer.
  -Te he dicho miles de veces que la quiero casi cruda.
 Aquella respuesta en un tono contenido bastó para que H. inclinara la mirada y continuara su labor.
 Aunque nunca había llegado a la agresión física, sus constantes amenazas le hacían preguntarse a menudo qué había visto en aquel hombre de maneras groseras y de instinto agresivo. Su corpulencia- sobrepasaba los dos metros de altura y los 170 kilos de peso- no ayudaba en absoluto a encontrar una respuesta. No se trataba precisamente de un cuerpo atlético y bien formado ya que las largas jornadas cortando leña lejos de su familia, no le habían definido la musculatura.
 Tampoco era Ulysses Evergreen un hombre atractivo; la cicatriz congénita que atravesaba su ceja y cegaba parcialmente su ojo izquierdo, cruzándole la cara desde la frente hasta la mejilla, se hubiera dicho producto de una bronca. Le confería un aspecto siniestro del que él parecía disfrutar cuando descargaba uno de sus roncos rugidos  a alguno de “sus” familiares. 
 Sin embargo, los rumores claramente malintencionados sobre su carácter irascible, no  podían demostrar que él fuera el responsable de enviar a un chico al hospital tras una disputa. Claramente, estaban destinados a mermar su honorabilidad y buen nombre que había acuñado tras largos años de duro trabajo. Claramente, la incompetencia de aquel tarado imberbe en el manejo del hacha había provocado el lamentable accidente.
 Quizás tuviera un carácter independiente (jamás había aceptado las órdenes de nadie) o quizás no fuera el padre más cariñoso del mundo,  pero nadie podría decir nunca que no había puesto todos los días de su vida un plato de comida en las inquietas manos de su pequeña familia.
 Su padre, artista de profesión, no trató en ningún momento de torcer su natural inclinación hacia la caza. A pesar de su amor por los animales siempre lo apoyó aunque nunca comprendió de quien había heredado aquellas aficiones. La amada mujer del pintor, al que había alentado incondicionalmente desde sus inicios y en la que confiaba plenamente, nunca jamás le habría dado razones para dudar de su fidelidad, a pesar de aquella situación anómala. Ésta, una vez superada la larga convalecencia del parto aceptaría el “desafío” con maternal generosidad y se entregaría a su “tarea” con testaruda paciencia.



Ocelos: Mancha redonda en las alas de algunas mariposas que imitan a los ojos de las aves rapaces... 

 El hijo de Ulysses,  perdido durante horas en algún lugar de la montaña, corrió hasta la mesa con gran excitación. En sus manos un ejemplar de mariposa desconocida  para ellos.
  -¡Papá, papá, mira que bonita!
  -¡Déjame en paz, niño!, ¿No ves que estoy comiendo?- expetó el padre mientras luchaba con el descomunal bocado.- La sangre del formidable trozo de carne corría por sus dedos.
...que capturan a las aves que devoran a dichas mariposas.
  -Pero papá, esta no la tenemos; ¡qué pasada!.
 El pequeño demandaba con mirada suplicante la atención del padre. Esos grandes ojos azules recordaban a los  de su madre, con menos ojeras y con menos arrugas varios años atrás. El cazador hubiera deseado un digno sucesor, pero su mujer, “seca” desde su último aborto, no le había podido proporcionar más que una patética caricatura de sí mismo.
 El tiempo había sido indulgente con H., en la medida de lo posible.  La supuesta delgadez extrema y la fragilidad de su corazón no eran sino extravagancias de los matasanos, que siempre andan alborotándolo todo y que en una mente débil como la suya encontraban suelo fértil para la hipocondría. Incluso él había sufrido los desvaríos de esos chamanes con bata. Que si tiene usted que adelgazar, que si pasa muchas horas de pie, que si esa rodilla le pasará factura tarde o temprano. ¡Polladas!
 Una furtiva mirada delató la fascinación que sentía por esos bichos.  ¿Cómo podía seducirle esa mariconada?, ¿Que renglón del orden natural de las cosas se había torcido para pasar días enteros acechándolas desde el interior de su cabaña?, ¿Por qué inculcar a su hijo esa memez cuando podría enseñarle a cazar como a los hombres? Claro que, hasta ahora, la nenaza tampoco había mostrado mucho interés por la verdadera caza, disfrutando únicamente del afectado pasatiempo. Sorprendentemente, a sus doce años de edad no había sido capaz de dar caza ni a un triste lobo en alguna de sus solitarias incursiones en Montana, mientras que él ya lo había logrado a una edad mucho más temprana.


 Había algo familiar en aquella mariposa atrapada por el jovencito. Quizás su color negro -que le ayudaría a absorber más rápidamente la luz del sol-; quizás las escamas largas y peludas que cubrían su cuerpo para retener el calor; quizás aquellos ocelos amarillentos, dibujados en la parte inferior de las alas con un punto negro en su interior. En cualquier caso, la envidia por haberla atrapado su hijo iba en aumento. Agarró el caza- mariposas bruscamente y observó con aparente desdén los vanos esfuerzos del animal por liberarse. No podía creerlo. ¡Una belleza así jamás había sido vista por él! El brillo en sus ojos no podía simularse. En sus largos años buscando esas “damiselas” (que se remontaban hasta donde alcanzaba su memoria) nunca antes había visto un espécimen  de esa hermosura, ni recordaba haberla visto en catálogos o colecciones. ¿Sería esta la mariposa ansiada durante tantos años?, ¿Sería la joya de la corona que cerraría definitivamente su colección?

 Con insospechada  torpeza asió un tarro preparado para la ocasión y  sus temblorosas manos lo destaparon tras varios intentos. Seguidamente, bajo la incrédula mirada de su familia (que nunca lo había visto en aquél estado), introdujo el animal en el recipiente con una prudencia y un tino desconocidos en él. Una sonrisa estúpida asomó a su cara desencajada. El cazador, orgulloso, alzó el tarro  a modo de trofeo, mientras una ventisca que surgió de entre las nubes  rodeó a la familia por unos instantes, bajando del tempestuoso  cielo en forma de tornado.

Entretanto, el animal, inmóvil en su prisión, asistía impasible al espectáculo. Parecía aceptar la  derrota con estoica serenidad. El hombre, absorto por “su hazaña”, permanecía indiferente a los acontecimientos, ante la atónita mirada de su esposa, que no se explicaba nada de lo sucedido. Después de todo, los tornados eran infrecuentes en aquellas tierras. Cierto que de pequeña pudo divisar uno de enormes proporciones a muy larga distancia[1], pero el fenómeno era más bien escaso en la zona, y además, no comprendía que tal suceso de naturaleza salvaje hubiera azotado el lugar sin causarles el menor rasguño. 
Una pesada lluvia se precipitó sobre los excursionistas, dando fin a la accidentada mañana.




[1] En julio del año 1987 un tornado devastador que alcanzó más de 300 Km. / hora arrasó parte de
Yellowstone, arrastrando consigo gran cantidad de árboles.






domingo, 2 de marzo de 2014

EL REY





El tarro fue depositado sobre la mesilla de la chimenea. Al  día siguiente la atravesaría con un alfiler, como era su deseo. Allí, desde el confort de su sillón, podría observar la hermosura del insecto, colocado éste entre una pequeña pica americana y una ardilla listada, ambas disecadas.

Un último vistazo le permitiría apreciar las formas desdibujadas del salón bajo la cálida luz de la lumbre.Una hermosa  piel de lobo gris yacía en el suelo con las huellas recientes de sus grandes botas embarradas sobre el lomo. Ésta era la tercera, puesto que los dos primeros animales sacrificados no fueron de su agrado para tan noble tarea. Junto al “trono” en el que descansaba, una lámpara de mesa averiada, elaborada con astas y piel de animal, realizaba una función decorativa sobre una pequeña mesa. En el centro del salón, sobre la mesa grande, una diminuta pecera con dos inquietos pececillos de colores, comprados una aciaga tarde para no soportar los insistentes gimoteos de la nenaza, representaba la única pincelada de vida en aquél mausoleo, como si quisieran subrayar el morbo de aquél homenaje a la muerte.En la entrada, tras la butaca donde él reposaba, un enorme oso se erguía amenazante con sus brazos extendidos, como queriendo proteger la estancia de intrusos. Bajo la trémula luz de la fogata, las sombras palpitantes del oso, proyectadas sobre la pared, parecían cobrar vida. En el lado contrario de la puerta, un águila con las alas plegadas descansaba sus enormes garras sobre una falsa rama.

Compro Oso disecado
Afortunadamente, nadie había visitado la cabaña durante años. Su situación, en la orilla del lago más alejada a la carretera, la protegía de la mirada de los curiosos, aunque en ningún momento le pareció suficiente razón para que sus suegros nunca acudieran a saludarlos. Jamás los  vejestorios  plantaron un pie en su “guarida”, ni siquiera para visitar a su amado nieto cuando caía enfermo. Aún así, varios rifles se escondían bajo llave en el interior de un pequeño armario, cuyas puertas se encontraban constantemente cerradas para evitar que ningún soplón diera el chivatazo a las autoridades, o quizás para impedir lo que él denominaba “una lamentable desgracia”. 

En la pared de la cabaña se alternaban los cuadros de las mariposas con cuervos disecados, cada uno posando sobre una ramita. Sobre placas doradas fijadas a los soportes, se sucedían consecutivamente las fechas de nacimiento y muerte de los pájaros, que habiendo coexistido en total libertad con los ocupantes de la propiedad alcanzaban en algunos casos la edadde treinta años: ....1847-1876; 


"...las dos versione de la Biston Betularia..."
1876-1904; 1904-1934; 1934-1959; 1959-1989; 1989-........; y así, unos diez de ellos distribuidos entre los paneles de los lepidópteros.  H., que nunca entendió la devoción mostrada por los funestos pájaros, no discrepó cuando el cazador reemplazó por sus “golfillos truhanes” unas fotos del niño, que antaño se codeaban con las delicadas damiselas. Colgadas de la pared se encontraban, reposando en estricto orden, la Parnassius apollo, de Europa y Asia -con antenas cortas y escamas largas y peludas-, la Chazara briseis, la Pontia Callidice, la Lycaeides idas, la Plebejus Pylaón, las dos versiones de la Biston betularia[1];la Bhutanitis lidderdalei -con sus hermosos ocelos- de La India y Tailandia; La Baltia butleri del Himalaya..... Y así más de quinientas de ellas adquiridas o atrapadas en varios continentes y dispuestas en cerca de una veintena de cuadros en las paredes del salón.















"Tan abundante otrora y que desaparece debido
 al calentamiento progresivo de las Rocosas."


" En el centro del cuadro destaca
 un notable vacío en la que habría de ensartar
- según había repetido desde hacía mucho tiempo -
 “la mariposa de su vida”.





Su colección favorita presidía destacada sobre la chimenea. Esas mariposas  de Norteamérica y Europa habían sido capturadas por su propia nenaza: La Colias  palaeno, la Erebia meolans, la Euchloe creusa, la Euphydryas cynthia. Allí se encontraba la Danaus plexippus o “Monarca”, muy diferente a la Speyeria mormonia, tan abundante otrora y que desaparece alarmantemente debido al calentamiento progresivo de  “Las Rocosas”.  En el centro del cuadro destacaba un notable vacío en la que habría de ensartar- según había repetido desde hacía mucho tiempo - “la mariposa de su vida”. En el exteriorUnos quejumbrosos aullidos sonaron a unos metros de la cabaña, atrayendo la atención del hombre hacia el extremo del destartalado muelle de madera. Éste, ante la magnífica oportunidad que se le ofrecía, se asomó por la ventana para confirmar la presencia del animal. Un hermoso lobo negro de grandes ojos azules que permanecía allí sentado lanzaba aquellos lastimeros  quejidos. Su magnífica silueta se reflejaba sobre las serenas aguas del Sylvan Lake, interrumpidas únicamente por alguna hoja seca cubriendo su último trayecto. Situada la cabaña junto a su orilla, frente al Avalanche Peak, los incendios y las plagas había consumido la vida alrededor de ésta, mientras East Entrance Road, el único cordón umbilical que les mantenía vinculados al mundo, hacía más turbadora la desolación del lugar. Las sinuosas curvas bordeando las Rocosas, los riscos escarpados que la abrazaban y la soledad de sus largos tramos conferían una inquietante belleza al entorno.


                                                                                                                     


Un magnífico ejemplar de pino, que antaño proporcionaba una magnífica sombra, caía entonces famélico sobre la orilla del lago, manteniéndose a duras penas en pie. Hacía días ya que una pareja de cárabos, desterrada de su nido en el tronco tronchado del árbol, no anidaba  bajo la ventisca, como  solían hacerlo cada año por primavera. Solo un cuervo acechando a los huérfanos polluelos de su interior o a algún escurridizo gusano escondido en  la podrida madera, rompía el silencio del retiro con su inquietante parloteo:
  -Ven aquí cabrón, rrok-rrok, ven aquí cabrón, - Repetía incesantemente con su fúnebre plumaje, como un siniestro carcelero al servicio del “rey”.













Éste, después de echar un vistazo con excitación a través de la ventana, 
corrió   por un rifle hasta el armario, del que solamente él tenía la llave. Una vez cargado, se inclinó discretamente sobre el marco  para comprobar frustrado que el lobo, como anticipando acontecimientos, había desaparecido silenciosamente.Una despechada detonación del 300 winchester magnum rompió la superficie inmaculada del agua. 








[1] Durante la revolución industrial, los árboles en Manchester se cubrieron de hollín. La versión clara de la mariposa, al ser visible a los predadores cuando se posaba en los abedules, fue decreciendo en cantidad, mientras que la oscura fue incrementando. Al desaparecer de nuevo el hollín, se produjo el proceso inverso.

sábado, 1 de marzo de 2014

LA ALIMAÑA



De nuevo en su sillón, inmerso en su autocomplacencia –la llamaré la mariposa Ulysses, pensaba- olvidó cerrar la ventana, sumergiéndose en un profundo sopor.Al mismo tiempo  , un entristecido aullido se dejó oír por todo el valle.






  
-¿Pero que coñ....? –preguntó el padre, aturdido por el sueño.Antes de terminar la frase, un estruendo hizo temblar el techo.
  -¡Ayudaaa! 
Cuando la vista se  habituó a la oscuridad del dormitorio,
la pudo percibir con alguna dificultad a la izquierda de
la habitación
Los sollozos de dolor y pánico de la mujer no le permitieron emitir otra llamada de auxilio. Estos se alternaban con gruñidos y aullidos que helaban la sangre.El hombre, rabioso por el sobresalto,  subió la escalera en dos zancadas a pesar de las punzadas en su rodilla.Tras cruzar el umbral de la puerta, la persiana, con solo unas rendijas entreabiertas, apenas permitía distinguir nada. Cuando la vista se habituó a la oscuridad del dormitorio la pudo percibir con alguna dificultad a la izquierda de la habitación.

  H.,Agarrotada por el miedo y la mirada desencajada, permanecía allí de pié con un zarpazo que le cruzaba la mejilla. Con el camisón hecho jirones, se debatía entre el pánico hacia a su marido y el que sentía hacia aquella inesperada bestia. Frente a él se hallaba la cama ensangrentada del niño. Apenas destacaban dispersas las desconchadas cuentas de hueso de buitre y las plumas negras del atrapasueños[1]que colgaba del techo, que, agitándose frenéticamente sobre las sábanas blancas, las había dejado caer encima del colchón. 

-¿Podría contarme alguien  que cojones está pasando antes de que haya que lamentar una desgracia?
–dijo en tono a duras penas
 reprimido mientras clavaba su penetrante
mirada sobre su esposa. Muy despacio, ella señaló hacia un alboroto al otro lado de la 

caótica cama, apuntando únicamente con la mirada. El hombre, sin titubear, se dispuso a  rodearla con paso firme, caminando sobre los tablones de madera. Al dar el primer paso un inoportuno chasquido resonó en toda la habitación. Antes de dar el segundo, un ser poseso, impulsado por sus poderosas extremidades se había arrojado sobre él desde el suelo, salvando la distancia de tres metros que los separaba. Sobre el espejo de la pared, el cazador apenas pudo atisbar una silueta negra aferrada a su cuerpo mientras se debatía con aquella bestia de fuerza sobrenatural. Una larga lucha se prolongó durante minutos intentando deshacerse de aquel ser demoníaco, sintiendo todas y cada una de sus afiladas garras profanando su carne, como cuando atravesaba el corazón de su mujer con su lacerante mirada.

Mientras, ésta, con los 
sentidos fijos en la escena y la respiración entrecortada, deslizaba verticalmente su espalda contra la pared sin atender al dolor, dejando a lo largo de su superficie un rastro de sangre por las heridas infligidas en aquella. El cálido aliento de la alimaña caía sobre la cicatriz de la cara del leñador mientras intentaba arrancarle ésta a mordiscos.Por un instante pudo atisbar en la oscuridad sus ojos reflectantes como espejos. Ningún alma de naturaleza humana se podría entrever tras aquellos ojos traídos del infierno. Por fin el hombre pudo deshacerse de la bestia de un manotazo, lanzándola sobre el colchón semi desnudo. A medida que amanecía, la luz de la mañana iba penetrando en el cuarto a través de las rendijas de la persiana.






 No era posible. Allí, postrado a cuatro patas sobre la cama, como si de un macho alfa[2] se tratara, su hijo, en posición amenazante, exhibía entre sus dientes el lóbulo de una oreja y algunos cabellos de la barba del cazador; mientras la sangre le corría por la barbilla mezclada con la espuma. Los vellos erizados, el cuerpo desnudo, los ojos inyectados en sangre. El rugido por el dolor pudo oírse en el exterior a cientos de metros, seguido por el desgarrador aullido de un lobo
-¡Te voy a matar, cabróoon!



  -¡Noooo! ¡Dios mío, no sabe lo que hace!- respondió H., que superando su pánico consiguió interponerse entre el chico y su padre–. Tras unos instantes de forcejeo el incidente se saldó con ella en el suelo y con el chico reducido.
De camino al hospital con su familia, junto a la carretera, el padre pudo atisbar aullando sobre una roca a un hermoso lobo negro de grandes ojos azules. 















[1]Amuleto indio que protege de los malos sueños. 
[2] Macho de la pareja líder de una manada de lobos.

jueves, 27 de febrero de 2014

OSO DE CARA CORTA



 

Area de distribución del oso de cara corta
"El gigantesco animal, acompañado por sus secuaces a decenas de pasos, permanecía a cuatro patas sobre la fina capa de nieve. En esa postura, su alzada superaba la talla de los hombres cuya figura, incluso con la mandíbula cubierta de la piel de Lobo sobre sus cabezas,  empequeñecía dramáticamente. El color pardo oscuro de su gruesa piel evocaba al manto del gigante Hocico Corto, mientras que su chata cara hacía honor a su nombre. "









"El chico, aturdido,yacía boca abajo  en el suelo mientras una extremidad,
envuelta en una piel familiar para él, se erguía  frente  a su rostro. Tras sacudirse la nieve de los ojos para observarla mejor no le quedó ya ninguna duda. Era el denso y oscuro pelaje de ese monstruo gigantesco que había rememorado alguna vez en sus pesadillas. El muchacho, horrorizado, alzó la mirada, temiendo que a su Aliento le había llegado el momento de la Gran Travesía."


          


Los descendientes de los paleoindios explican mediante el siguiente mito el comportamiento de los Grizzlys, que devoran en gran número a las polillas antes de invernar:

“…..en adelante, el espíritu de Hocico Corto volverá entre las cumbres de las montañas antes de la llegada del Manto Blanco, surcando la oscuridad de la noche en el cuerpo de Oso de Cara Chata  y persiguiendo a las hermanas nocturnas de Mariposa, que son guiadas por Águila Calva. Alberga la esperanza de que un día, antes de que Pequeño Hermano Que Habla sacie su sed de venganza, este caiga entre sus fauces. Para pasar desapercibido, buscará en el cuerpo de Oso Pardo a los atemorizados animales  , que  se   escondieron durante las horas de luz bajo las piedras de las laderas  evitando así  al gigantesco  monstruo…”. 


Según algunos guardas consultados, al amanecer se pueden rastrear las huellas de un oso de un tamaño colosal.
                                                      


"En cada una de las huellas de sus gigantescas zarpas, diseminadas impacientemente a su alrededor, hubieran cabido varios pies humanos".

miércoles, 26 de febrero de 2014

AURORAS BOREALES



              

               ...otras veces se prolongaban, extendiendo las
llamaradas en el firmamento en hiladas paralelas,como si Araña extendiera las hebras de su tela...

                 

          ...sus llamas se retorcían frenéticamente
      como si Serpiente ardiera en su fuego...
      Los días despejados Sol guiaba nuestros pasos en la larga marcha durante la jornada, mientras que en la noche Madre Tierra apelaba a los espíritus del Cielo para que  en sus hogueras las llamas danzaran alegres, iluminando el firmamento, y guiándonos a través del inhóspito paisaje, donde la Gran Montaña  de Hielo, otrora perpetua, va cediendo paso a la pradera. A veces, al igual que esta hoguera frente  a nosotros, sus llamas se retorcían frenéticamente como si serpiente ardiera en su fuego, mientras que otras veces se prolongaban, extendiendo las llamaradas en el firmamento en hiladas paralelas, como si Araña extendiera las hebras de su tela abarcando toda la negrura de la noche.

                           




  

 -“.....os socorreré  en vuestro  peregrinar, invocando la ayuda de los espíritus del Cielo   para que alimenten sus fuegos y que las llamas de sus hogueras dancen en la oscuridad de la noche, e iluminen vuestro camino hacia el nuevo hogar.....”
MADRE TIERRA

domingo, 23 de febrero de 2014

DÍAS PRECEDENTES

Acompañar la visión del vídeo y lectura de la entrada con la audición de este enlace

Junto a la orilla de aquel vasto lago interior, se  reunían sentados los jefes de cada poblado, al resguardo de oídos curiosos...."







-¿Por qué no luchamos?- dijo irreflexivamente uno de los jóvenes, que comparecía con su cara adornada con pinturas. Las puntas de nuestras flechas y lanzas son más letales que las suyas. 

 Hemos empleado muchos atardeceres para tallar la piedra adecuada[1], sabemos manejarlas como ellos y conocemos el terreno. ¿Por qué no enfrentarnos sin temor a esas alimañas? Si luchamos todos unidos, como relatan los ancianos que hace Buey almizclero no nos vencerán (2).
La cuestión gravitó en total quietud en el interior de la cueva. Únicamente el crepitar de las ramitas en la hoguera y el sonido del lento discurrir de la corriente de agua, transportados en su regazo por Eco hasta lo más profundo de la caverna, 

rompían  el inquietante silencio.Solamente Pequeño Hermano Que Habla permaneció sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas, recordando con lágrimas en los ojos las imágenes que se agolpaban en su memoria en algún lugar de su grácil cuerpo.
¿Por qué esta reunión me evoca tan tristes recuerdos?, ¿Por qué percibo tanto sufrimiento en mi tribu?  Hasta ahora, nunca he disfrutado de unos poderes parecidos a los de Padre. Yo no puedo recordar cómo él las vidas pasadas ¿Por qué entonces me he despertado tantas veces en mitad de la  noche, bañado en sudor sin razón aparente, como cuando mi cuerpo enfermo arde y Padre me proporciona brebajes que apaciguan mi ardiente anatomía?, ¿Y por qué en esas ocasiones mis sueños me transportan a las montañas, para encontrarme contra mi voluntad con ese monstruo pardo de cuatro pasos de altura?
Desde un risco elevado Pequeño Hermano Que Habla podía otear todo el valle. Atardecer, cada vez más adelantado,  prendía  en innumerables colores, tiñendo sobre todo de rojo sangre el lecho ardiente de Sol. Los polluelos de Halcón se preparaban sobre el acantilado para la gran migración agitando frenéticamente las alas. Cuervo perseguía a Lobo durante el Manto Blanco en sus largos desplazamientos. Habitualmente solitario, se congregaba en gran número alrededor de la carroña que éste le servía en bandeja tras sus carnicerías, ya que su débil pico le impedía penetrar por él mismo la carne de los cadáveres. De no ser así, sólo podría acceder a las partes más tiernas, como los ojos, las mamas o las ingles. Pasaría los días picoteando, escudriñando la llanura como nunca antes lo había hecho y salpicando de negros presagios las prematuras nieves.






Por la llanura se  desperdigaban algunas tiendas. En su interior,    las mujeres, desconocedoras de la llegada de los bárbaros que amenazaban  su Paraíso y del trágico destino que las aguardaba, se afanaban alegremente en tener a punto  las prendas para el 
periodo gélido, desollando animales, curtiendo pieles y cosiéndolas posteriormente con agujas de hueso. También trenzaban grandes canastos que luego se utilizaban como trampas para capturar peces o para contener las bayas o las setas que se consumían más tarde. Otras veces recogían alimentos silvestres y hacían conservas de carne y plantas para el invierno. Mientras, las restantes cocinaban, valiéndose para ello de ardientes piedras calentadas  en el fuego, que introducían seguidamente en cuencos de madera o de hueso, adecuados para hacer hervir el agua. El apetitoso aroma de los guisos llegados de los recipientes, colmaba de agradables efluvios  el ambiente del valle, mezclándose con el penetrante olor a resina de los pinos circundantes.
Los hombres calmaban su inquietud reparando las puntas de sus lanzas y flechas. Primero introducían en sus pulgares una pieza agujereada de cuero que apoyaban luego en la palma de sus manos para protegerlas. Después, posaban sobre aquella sus herramientas de piedra y con un trozo de asta apretaban hasta arrancar una esquirla con la destreza de quien llevaba muchos Mantos Blancos practicando.














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(1)Los hallazgos en el valle del Mississipi de puntas de flecha o lanzas procedentes de los yacimientos de obsidiana del mismo Yellowstone,  demuestran que se  realizaban desplazamientos de muchos kilómetros para el intercambio comercial. Los resultados conseguidos -las de la cultura Clovis son las mejores puntas de flecha y lanza jamás encontradas- justificaban sobradamente dichos desplazamientos.


(2)



El buey almizclero, al carecer de  extremidades largas  que le permitan 
huir con rapidez, se agrupa en un círculo cuando es atacado por los lobos,
 resguardando a las crías en el interior de aquél.